viernes, 27 de septiembre de 2013

Mi visión sobre Schopenhauer

"Las reflexiones de Schopenhauer sobre el amor, la mujer, el matrimonio o el dolor se suelen leer ahora como aforismos edificantes o graciosos. Son, en verdad, trágicos e ingratos."

Podéis leer estas palabras en la contracubierta de Los dolores del mundo, de Arthur Schopenhauer, (ed. Sequitur, Madrid, 2011). No, yo tampoco la conocía hasta ahora, y la verdad es que no me extraña, porque además de recoger aforismos del filósofo alemán sin ningún tipo de orden o criterio, de tal modo que el lector, de no tener cierta base o experiencia con el mismo, lo único que hará (con suerte) es echar auténticas pestes o, lo que es peor, no conseguir entender nada.


La contracubierta de la que hablo no es lo peor, hasta ahora, que he leído del librito. La introducción me ha parecido incluso más insultante que el fanatismo del que gozaría (más bien no) Nietzsche, de enterarse de que todos los quinceañeros que han sido abandonados por sus parejas, le profesan. Mirad qué pedazo de perla nos deja Daniel Mundo, responsable de dicha introducción a la recopilación de algunos aforismos desordenados con resultado incoherente del pobre Arturo:



"...El lector de Schopenhauer termina creyendo que para él realmente la vida no fue (y por lo tanto no es nunca) agradable, que el descubrimiento del cuerpo como principio trascendental no derivó en un ser-cuerpo que vivenciara la simpatía que relaciona todo lo que está vivo sino en un ser-cuerpo que exhibe la indefensión, el desamparo, el desasosiego que soporta todo lo viviente. Pensamiento lacerente que se hizo carne en la vida de Schopenhauer. A Schopenhauer habría que leerlo con tal seriedad que termina causando gracia."

Creo entender lo que este señor propone, pero siento decirle que lo expresa peor que mal. Primero nos dice lo que el lector termina creyendo, y, después, nos dice que deberíamos dibujar una sonrisa en nuestro rostro al leer. Una sonrisa, ¿de qué? ¿de lástima? ¿de ironía, quizás?


Schopenhauer, a mi entender, no es igual a pesimismo. Me gustaría no caer en lo que todo pesimista cae, que es confundir su visión de la realidad con la misma, y, desde luego, me resulta algo difícil siendo como soy. Muchas veces, admito caer en ese error. Ni de lejos he sufrido como lo hizo el pobre Arthur, pero, leyendo sus aforismos en algunos libros (de otras ediciones, gracias al cielo), caigo en la cuenta de que, efectivamente, él sí se tomaba eso de la vida con cierto humor. Muchos le han tachado de pesimista pasivo, muchos deben creer que este señor no salía de su casa o que pasaba las horas del día llorando sangre. Pues no, siento desmontar a vuestro líder, queridos emos, queridos incapaces, ansiosos de encontrar alguien a quien imitar, (y, si es un personaje que demuestre que habéis leído algo en vuestra vida, mejor. ¿No es así?)


Vivimos en la época del postureo, y parece que sufrir mucho o vivir amargado tiene cierto caché. Es como cuando algunas personas se visten como espantapájaros, no se peinan, van en chanclas (con suerte) y se creen que así son una especie de genios excéntricos vasto inteligentes. Se sorprenderían al saber que Schopenhauer vestía elegantemente, daba sus paseos después de la siesta con su caniche, comía siempre acompañado en una tabernita, dos copas de vino le hacían perder la cabeza en el mejor de los sentidos y, también, había lugar para sus noches locas con mujeres, cuando le apetecía. Hay que ver, ¡hasta los ídolos gozan de su sexualidad! ¡hasta los más tristes, tenebrosos y misántropos! ¿se nos cae ya el ideal, o todavía no? ¿nos damos más asco a nosotros mismos comparándonos con un grande con el que nos sentíamos identificados? Ahora cae el telón y nos descubrimos a nosotros mismos. Estamos solos, no somos nadie (él tampoco lo fue, recordemos que su único sueño era serlo, y que hacia el final de su vida lo consiguió) y ni comemos siempre acompañados, ni tenemos una rutina que nos satisfaga ni podemos acostarnos con quien nos apetece. Duro, ¿eh? y real. Y maravilloso. No soy él para asegurar que su vida y sus prácticas le llenaban, pero aprendamos del maestro como él lo habría querido. No le idealicemos de manera gratuita. Tomémonos la vida a risa, realicémosla ya que estamos aquí, ya que alguien decidió por nosotros traernos a este mundo.


El pesimismo no es lloriqueo, si bien al contrario. Es todo un ejercicio irónico aplicable a todos los aspectos de la vida. No caso con todo el pensamiento de Arthur Schopenhauer, ni con sus actos en cada ámbito de la vida. Trato de no ser fanática, intento no caer en lo que tanto me repugna. Pero creo haberle comprendido, puedo entender perfectamente que escribiese lo que escribió y que después se comportase, quizás, de un modo incoherente a sus planteamientos. La escritura nos libera de nuestros demonios, y, al soltar la pluma o perder de vista las teclas, la vida sigue. Pongamos fin a este escrito con un escrito del maestro, que viene muy a cuento:



"No advertimos la salud general de nuestro cuerpo, sólo advertimos el punto ligero en el que el zapato nos aprieta; no apreciamos el conjunto próspero de nuestros negocios, pensamos sólo en una minucia insignificante que nos aqueja. Negativos son pues el bienestar y la dicha, sólo el dolor es positivo."

Y, quien lo quiera malinterpretar, adelante.